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martes, 2 de noviembre de 2010

Carné de padre

Antes de entrar en el fondo del artículo de hoy quiero dejar claro que no soy padre, por lo que tengo una visión bastante sesgada del tema. De todas formas vamos a ello. Dentro de esas conversaciones de bar de las que hacía mención en el artículo de ayer (véase: "Síndrome Cheers") he tenido una de esas alocadas ideas que en ocasiones me asaltan sin más. ¿Por qué reeditar el éxito de la DGT contra los accidentes de tráfico en el campo de la educación?


En la mayoría de los medios se lee a diario que la educación en España es un completo desastre. Qué si los alumnos no muestran el más mínimo interés por su futuro, qué si los centros públicos carecen de medios y se encuentran en el Pleistoceno de la nuevas tecnologías, qué si los profesores están poco preparados y carecen de la motivación suficiente (ya escucho preparar el cuchillo a Radiactivo-man con respecto a esta aseveración), qué si las familias están desinformadas, y podría seguir así toda la noche.

La verdad es que un tema tan manido que resulta extraño que pueda dar lugar a un artículo en este blog. Pero en un momento de lucidez (o embriaguez, todavía no lo tengo claro) se me ha ocurrido una solución para uno de los problemas que acucian a nuestro sistema educativo (y ya sé que hay muchos más): la nula colaboración de ciertos padres en la educación de sus hijos. Debe quedar claro para que no se me malinterprete que me estoy refiriendo a una minoría, poco representativa numéricamente pero que afecta en demasía en el discurrir de un centro público.

Visto que cargar de autoridad al profesorado no funciona (los experimentos de Esperanza Aguirre en Madrid lo ratifican) o las progresistas modificaciones de horario lectivo (tan de moda en esta comunidad autónoma, quién lo iba a decir), ¿por qué no cargar esta responsabilidad en los padres? Mi método consistiría en crear un carné de padre con un funcionamiento parecido al carné de conducir de este país. Cada padre obtendría el carné en cuestión al comenzar la educación obligatoria de su hijo y ganaría o perdería puntos en función del comportamiento de su vástago. Obviamente plantear el tema de multas es completamente surrealista, pero pensándolo bien, en vez de derrochar el dinero en cheques bebé sin mucho sentido se podría desgravar una equivalencia monetaria en la declaración de la renta en función de los puntos que se posean al final del año fiscal. Esta desgravación debería ser escalonada, de forma que las rentas más altas perdiesen más dinero por cada punto que las más bajas. De esta forma se evitaría los impagos y se obligaría a los padres a actuar en consecuencia, ya que se trataría de un dinero que dejarían de ingresar por la actitud de sus hijos. Y como es sabido, la educación empieza en el propio hogar.

En fin, ya sé que se trata de una idea alocada, muy en la línea de la ucronía educativa que persigue este blog, "pero algo que tengo claro es que los españoles sólo nos movemos para arreglar algo cuando nos duele en el bolsillo, y es verdad aunque suene a tópico".

sábado, 20 de febrero de 2010

Asesinando la creatividad

El otro día, Iratxe me mandó un enlace a un interesante vídeo. En él un profesor desgrana como los sistemas educativos actuales masacran la creatividad de sus alumnos, además de no prepararlos debidamente para los retos del futuro. Rápidamente me sentí identificado desde el punto de vista del alumno (véase. "El fin de mi carrera artística").

Pero ahora me encuentro en el otro lado, participando en el sistema y cometiendo infinidad de veces los mismos errores que sufrí. En el fondo, aunque me sienta un poco rebelde ,el sistema parece que ha fagocitado con suma sencillez mis excentricidades, integrándome cómodamente en la masa educadora que está más preocupada de la burrocracia que de la docencia.

Te aconsejo que veas el vídeo al completo (está subtitulado a nuestra lengua), ya que algunas de las anécdotas son verdaderamente alucinantes. El hombre en cuestión, aunque diga lo contrario, estoy seguro que es el centro de más de una reunión social:



Espero que ninguno de mis lectores (sobre todo los que trabajan en la Universidad) se sientan dolidos por la perspicacia de éste, pero está claro que algo no termina de carburar del todo en nuestros sistemas educativos.

En fin, "acabo de encontrar uno de los pilares sobre los que construiré mi ucronía educativa, simplemente espero que ésta no pase al baúl de los recuerdos como mi famoso manual de pocha".

miércoles, 13 de mayo de 2009

Ordenadores y más ordenadores

Una de las medidas estrella contra la crisis presentadas por nuestro presidente en el debate del estado de la nación es la compra de un portátil para cada alumno de 5º de Primaria, tanto los que están matriculados en centros públicos como los que están en colegios concertados (los viejos errores nos siguen persiguiendo). La verdad es que me parece un completo despropósito (parece que estamos en la semana de los despropósitos).

Estamos hablando de 420.000 alumnos, o sea del mismo número de portátiles. ¿Quién financiará esto? En parte la administración central y el resto las comunidades autónomas. Como siempre, surge la pregunta habitual: ¿han sido consultadas para esta contingencia en particular?

Por otro lado, el sistema operativo utilizado, libre o propietario, queda también en el campo de estas mismas comunidades. Así como el software que deberían utilizar los alumnos para hacer esos supuestos deberes en casa.

Pero claro, además este dispendio tiene que venir acompañado de la consabida pizarra digital (de la que soy especialista dado que llevo dos años dando clase con ella) y una red WIFI integrada en el aula.

Vamos a hacer unas pequeñas cuentas. Supongamos que se tratan de netbooks, como el recién adquirido por mi amigo RK2, ya que se adaptan de forma inmejorable a los diminutos dedos de nuestros alumnos de 5º de Primaria. O sea unos 200 euros si se compran masivamente. Otros 50 euros en el software educativo. Por lo tanto, haciendo un simple producto, estamos hablando de unos 100 millones de euros.

A esto hay que sumarle la equipación del aula con la pizarra digital y el WIFI. A razón de unos 20 alumnos por aula (últimamente la ratio no es excesiva a estos niveles), tendríamos que dotar con estos elementos 21.000 aulas. A precio de mercado el coste de estos anda rondando los 1.500 euros. Por lo tanto tendremos que gastar otros 31,5 millones de euros.

En fin, 131,5 millones de euros sólo en material. Aquí no entran los sueldos de las personas que se tengan que ocupar del mantenimiento del equipo, como limpieza de virus o averías (o acaso creen que se va a encargar de esto el maestro como pasa en la mayoría de los centros, donde siempre hay algún pringado que se ocupa de solucionar todos los problemas sin cobrar nada a cambio).

Ahora bien, ¿cómo van a convencer a estos maestros de que utilicen el nuevo material cuando sólo han hecho un cursillo al respecto? Acaso yo me he perdido un capítulo, pero no es un poco pretencioso que se cambie una metodología educativa que se viene utilizando durante años en un par de meses (yo todavía me estoy adaptando a la nueva realidad).

Mi primera sensación al oír la noticia es que alguien había asesorado mal al presidente. Pero la ventaja de todo esto es que al ceder la medida a las comunidades autónomas quedará en agua de borrajas, ya que estas dirán que con la crisis no tienen suficiente dinero para llevarla a buen puerto (por cierto, yo todavía estoy esperando de la Junta de Castilla y León el portátil que me prometieron). Y donde se lleve hasta el final pasará alguna de las siguientes cosas: los alumnos obtendrán su preciado portátil pero al estar limitado en comparación con el de su casa (presupongo que así será, sino sería el cachondeo padre) lo aparcarán salvo para los pocos deberes digitales que les mande su profesor, o el susodicho dilapidará uno de los cursos más importantes probando las supuestas mejoras pedagógicas que proporciona la nueva herramienta.

A modo de conclusión, sólo me queda decir que "nuestro presidente ha caído por culpa de un asesor en lo que me gusta llamar ucronía educativa".

miércoles, 11 de febrero de 2009

Calendario escolar

Un nuevo debate ha animado a la comunidad escolar últimamente. Se trata de la reforma del calendario escolar. Gracias a las transferencias a las comunidades autónomas nos encontramos con la divertida situación de que cada comunidad autónoma tiene un decreto distinto sobre éste. Es decir, en cada una de ellas el curso empieza y acaba en días distintos, así como que tienen distinto número de días lectivos.

De todas formas, dentro de este guirigay siempre ha habido cierta uniformidad en considerar que el principio de curso se encuentre hacia mediados de Septiembre y el final en la última semana de Junio. Esto creo que es una clara reminiscencia del calendario precedente que era dictado por el difunto Ministerio de Educación y Ciencia.

En estos momentos cada una de estas comunidades autónomas se preparan a establecer diferentes calendarios, atendiendo en la mayor parte de las ocasiones a sus propias necesidades. Si ya era difícil acomodar a un estudiante procedente de otra comunidad autónoma a las diferencias de currículo, ahora además tendremos que habituarlo a un ritmo distinto de evaluaciones, con el perjuicio pedagógico extra que esto implica.

En los diferentes sectores del mundo educativo resuenan tambores de guerra sobre las diferentes opciones que se presentan: semana blanca, adelantamiento de los exámenes de Septiembre a Julio, cursos de refuerzo en verano, comienzo del curso el 1 de Septiembre, etc.

Pero lo que tengo claro es que cambiar unos días de fiesta en otros o introducir una semana blanca en Febrero no va cambiar radicalmente la problemática del calendario escolar de ninguna comunidad autónoma. Ya que ésta radica en que este calendario lleva el mismo ritmo lunar que su paralelo en el mundo laboral. Hasta que no abandonemos la referencia explícita a las fiestas religiosas para su confección, nunca seremos capaces de construir un calendario escolar verdaderamente coherente con su función plenamente pedagógica, algo que olvidan a menudo las asociaciones de padres, sindicatos y consejerías de educación.

En fin, mi consejo puede parecer radical, pero la mejor medicina para éste debería ser copiar el sistema francés con alguna pequeña variante que mantuviese las fiestas religiosas como simples fiestas, como puede ser la fiesta de un pueblo. Por lo tanto propongo lo siguiente:

  • 6 semanas de clase
  • 1 semana de exámenes para los alumnos
  • 3 días de evaluaciones para los profesores
  • 10 días de vacaciones para los alumnos
  • 1 semana de vacaciones para los profesores

Con éste método tendríamos cinco evaluaciones de 8 semanas y 3 días, a las que sumando otras dos para exámenes finales y recuperación, y otra para la ineludible semana cultural, nos dejarían con 45 semanas lectivas y 7 de vacaciones de verano.

Este sistema provocaría que dejara de ser una quimera la famosa evaluación continua. Además el acoplamiento con la nueva Universidad sería exitoso al bastar con hacer simplemente 4 evaluaciones en 2º de Bachillerato.

Bueno, lo dejo por hoy. "Está claro que este tipo de elucubraciones están dentro de mi perseguida Ucronía educativa".

martes, 24 de junio de 2008

Innovar

Hoy ha sido día de evaluaciones, el día donde el bolígrafo rojo manifiesta su última voluntad y se traza el futuro verano de nuestros alumnos. Suelo tener las evaluaciones bastante desperdigadas, lo que permite que pueda disfrutar de una de mis actividades preferidas: la plática. Los interlocutores cambian según van avanzando las horas y los temas con ellas. El último tema del día ha sido el mejor: la innovación.

Sí nos dirigimos a nuestro referente en cuanto a palabras, dígase el Diccionario de la Lengua Española, no encontramos con lo siguiente:

innovación.

(Del lat. innovatĭo, -ōnis).

1. f. Acción y efecto de innovar.

2. f. Creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado.


Tal vez una definición un poco parca, pero que me sirve como punto de inicio para este artículo. Lo primero que te asaltará querido lector es que estás aburrido de oírla en todos los medios de comunicación: "Innovación tecnológica", "Innovación energética", "Innovación educativa", etc. Es una de las palabras de moda que se utiliza como comodín. ¿Por qué? Porque tiene esa vitola de ser algo rompedor y al mismo tiempo estar enmarcado en el futuro, algo que encanta a nuestros políticos, dado que les descarga del día a día.

Pero toda innovación tiene un defecto en sí misma: siempre llega el momento de su aplicación real. Entonces se pueden dar dos casos excluyentes entre sí:
  1. Triunfa y por lo tanto en poco tiempo se convierte en norma por pura clonación, que era lo que pretendía romper.
  2. Fracasa y se convierte en un mera excentricidad, que con el tiempo será olvidada.
Ejemplo de lo primero serían los teléfono móviles y de lo segundo el Concorde.

El campo de la educación está lleno de ejemplos de ambos tipos, ahora bien con un enfoque mucho más triste: día trás día las consejerías de educación nos animan a innovar, dado que está en el espíritu de todas las leyes educativas presentadas hasta el momento.

¿Qué ha provocado este espíritu desenfrenado por innovar?
  1. Todo experimento educativo que se realice a título personal será considerado una rareza hasta que se adopte generalizadamente por el resto del profesorado, lo cual es imposible dada la rigidez del sistema.
  2. Sí la innovación emana de las consejerías de educación o el ministerio, esta morirá sino es realmente buena, ya sea porque se considera una imposición por parte de los profesores o no se destinan los recursos necesarios para llevarla a cabo a gran escala.
  3. Sí la innovación surge en el extranjero, será por norma mal aplicada, al no ser adaptada convenientemente a nuestro sistema educativo.
  4. Y la que más me gusta personalmente. Sí una innovación triunfa pese a los tres casos anteriores, estará formará parte de la nueva norma, que por definición es peor que la anterior.
Aplíquese esto a cualquier programa de innovación educativa del que hayas oído hablar o sufrido, y te darás cuenta de que lo puedes englobar en cualquiera de los cuatro casos anteriores. Por el camino ya han quedado: Ateneas, Mercurios, Bachilleratos experimentales, Procesadores de texto en la clase de Lengua, Aulas activas, gran parte de las excursiones, el uso del ordenador para explicar Matemáticas, los exámenes tipo test, los proyectores de diapositivas, las bibliotecas de lo centros, etc.

Y puedo casi predecirte donde quedarán: los cañones de proyección, las aulas informatizadas, los carros de portátiles, los blogs de interacción con los alumnos, las pizarras interactivas, las clases bilingues, los ebook, los tablet pc y hasta las PSP.

En fin, de todas formas el término exacto que se utiliza en el mundo educativo es: "la innovación continua, que creo que constituye en sí misma una verdadera ucronía latente".

viernes, 16 de mayo de 2008

Una ucronía educativa

A lo largo de la semana, he ido recogiendo en mi cabeza una serie de ideas inconexas entre sí, hasta que esta tarde, mientras repasaba la prensa de los dos últimos días (¡Sí!, aún soy un trasnochado que sigue leyendo el periódico en papel), las conecté en una idea única. Hablemos del problema de la educación.

Sí preguntas a cualquier profesional de la educación, los problemas son siempre los mismos, con pequeñas variaciones geográficas:
  • Desinterés por parte del alumnado de las clases que dan.
  • Falta de autoridad dentro del aula.
  • Incomprensión por parte de los padres.
  • Aumento de la burocracia.
  • Abandono escolar.
  • Irrealidad de los currículos escolares.
  • Falta de dinero para comprar material nuevo y equipo informático actualizado.
  • Desautorización por parte de la administración.
  • Congelación salarial.
  • Precariedad del propio sistema educativo, que baila al son del color político de las diferentes administraciones.
  • Integración de minorías.
  • Adecuación del sistema de apoyos.
  • Reducción de la ratio de alumnos por clase.
Y así podía continuar durante horas. El problema es que lo único que hacemos, al reunirnos los docentes para tratar cualquiera de estos temas, es discutir y discutir, una y otra vez. Algunas veces aparecen soluciones elegantes, pero mueren al sonar el timbre de entrada al instituto.

Todo el mundo sabe que el sistema educativo no funciona. Los profesores somos los primeros en notarlo en las aulas. Es falso ese retrato de funcionario despreocupado que tiene la gente de nosotros. La solución en principio me resulta desconocida, pero pienso encontrarla en este blog a la larga.

Lo primero que hay que tener claro (y esto va por aquellas personas que tienen más de 30 años) es que ningún sistema educativo pasado es la solución. ¡Entérense!, estamos en el siglo XXI. La diferencia entre obtener un buen o mal trabajo en la Era de la Información, no está en saberse de memoria: la lista de los reyes godos, el número exacto de obras escribió Cervantes, el reglamento de baja tensión, los phrasal verbs o el nombre de todos los huesos del cuerpo humano. Conocimientos que en su mayoría todo el mundo olvida salvo que haga crucigramas a diario.

Lo segundo que hay que tener claro (y esto va por los políticos): el incremento de horas lectivas de una asignatura no es proporcional al incremento de conocimiento de los estudiantes. Ni tampoco poner ordenadores en las aulas implica automáticamente contabilizar a los alumnos como usuarios experimentados de las nuevas tecnologías.

Lo tercero que hay que tener claro (y esto va por los padres): la educación de un niño no empieza el día que se le deja aparcado en la Guardería. Está claro que las bases de la interacción social las van a aprender dentro de sistema educativo, pero también debería esperarse de los padres un apoyo incondicional a los educadores, sin menoscabar sistemáticamente su autoridad (algo bastante doloroso cuando esto ocurre entre compañeros).

Lo cuarto que hay que tener claro (y esto va por mis compañeros): los alumnos no pueden asumir doce sistemas pedagógicos y de disciplina distintos a lo largo de la semana. Los mensajes contradictorios son tales, que al final dividen a los profesores en buenos o malos, no por sus aptitudes profesionales, sino por lo aburridas que les resultan sus clases. La carencia casi completa de comunicación interdepartamental, ocasiona la aparición de situaciones esperpénticas, en las cuales el alumno detecta contradiciones entre lo que le dijo un profesor y lo que le dijo el siguiente.

Como "raro del instituto" (denominación recién adquirida a partir de un reportaje que leí este lunes en "El País", pulsa aquí para leerlo), espero no haberte aburrido. Con este artículo inaguro una serie con la que pretendo encontrar la perfecta ley educativa. Pero dado que me encuentro en un país en lo que todo se parchea: 400€ para reactivar la economía, minitrasvases para arreglar la sequía, planes de "Éxito escolar" para subir unos puntos en el Informe PISA, etc; ésta se quedará en perfecta "una ucronía educativa".